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Pablo Garcés Posts

Tres mil latidos y doscientos litros de sangre

Si pudiera multiplicarme
pasearía contigo
dándote las dos manos.

Quiero decir,
si pudiera ser dos yo,
yo dos veces
entiéndeme,
un alma repetida
como el rizo que se enreda entre dos dedos
y pareciera un meñique
o los labios
que abrieran paso a una lengua
que precediera a un beso
que se duplicara buscando la eternidad,
colonizaría tu hoy y tu mañana,
te esperaría donde estarías
y donde querrías estar,
te extrañaría
viendo cómo tus besos crean goteras en mis pestañas
y al mismo tiempo te dibujaría labios
llenos de saliva
en el centro de tu dedo corazón.

Si pudiera estar aquí y allí
estaría en ti y en ti,
prendería fuego a Troya
mientras te regalo París,
te miraría dormir
y al mismo tiempo soñaría contigo.

Ya sabes a lo que me refiero,
si pudiera engañar a las coordenadas
crearía un mapa donde solo cupieran
tus dedos de los pies
y esta necesidad mía de seguirte a todas partes.

Si pudiera ser el mismo en dos mitades,
amor,
te vestiría con el mismo nerviosismo
con el que me dejas desnudarte,
limaría mis errores
para que el tropiezo fuera suave
y sería a la vez precipicio e impulso
de tus miedos y sueños.

Si pudiera,
mi amor,
convertiría todo lo que ahora es singular
en plural.

Pero no puedo,
así que he de conformarme
con lo único que puedo hacer:
quererte.

No el doble, ni por dos, ni al cuadrado,
sino con la fuerza de un ejército
de tres mil latidos y doscientos litros de sangre
que queriéndote dar más de lo que tiene
te da todo lo que es.

Elvira Sastre

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10 años de TenisWEB.com

Hace diez años comenzó el sueño de hablar del día a día de Rafa Nadal, que para mí es mucho más que un tenista, es un ejemplo de cómo alguien humilde, con constancia, trabajo, humildad y un entorno muy positivo es capaz de convertirse en el mejor deportista español de la historia y en una de las leyendas más importantes del tenis en todos los tiempos. No te pierdas el video, espero que te guste…

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Elegir, estar, vivir

“Estoy donde quiero estar. A veces en la vida no es fácil elegir dónde estás, porque no te dejan elegir o porque no puedes elegir. Pero puedo elegir y yo elijo estar aquí”

Diego Pablo Simeone
Entrenador del Atlético de Madrid

He escuchado esas palabras de Simeone y me he visto reflejado en ellas. Él elige estar en Madrid, ser entrenador del Atlético de Madrid. Y ni él me gusta ni me gusta su equipo, pero muchas de las palabras que pronuncia en las ruedas de prensa me llegan, me atraviesan, se quedan dentro de mí. Y es que con la vida low cost que hay hoy en día, llena de prisas, de tristeza, de gente con bruxismo o robando cobre… poder elegir dónde estás y qué quieres hacer es un lujo, un privilegio.

Y afortunadamente tenemos algo en común. Estoy en ese momento, que llegó hace unos meses, sé dónde quiero estar, puedo elegir. Y elijo estar donde esté ella, sus rizos, su forma de abrigarme el corazón. Cada día es un día de menos, hay que seguir luchando hora a hora, día a día para que todo salga como ella y yo queremos.

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Una mañana nublada

La mañana se despertó nublada y sabíamos que al final del día mil ciento dieciocho kilómetros volverían a separarnos. No volveríamos a dormir juntos. Aún así, como cada mañana, ella saltaba a mis brazos, se agarraba a mí y me miraba. Porque se perdía en su mirada, desconectaba y volaba a un mundo sin maletas ni despedidas, sin arcos de seguridad de aeropuertos y despedidas amargas con sabor a la sal de las lágrimas que ninguno de los dos nos atrevíamos a soltar.

Y después?

Ya sabes lo que viene después.

El silencio del último segundo. El rendirse y decir adiós. El volver al lugar de los hechos sin su sombra, sin su ropa, sin sus ojos que me atraviesan y con el corazón en ruinas. Con el sentimiento de cobardía infinito de dejarle una vez más hacer las maletas, de no dejarla irse sin mi o quedarse conmigo.

Pablo Garcés

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Lo que faltaba

Lo que faltaba. Ahora vas y me recuerdas lo que no hice. Me señalas lo que nos faltó. Lo que debería haberte hecho y no te hice. Lo que debería haberte dicho y no pronuncié. Lo que debería haber sentido y jamás sentí. O lo que no fui capaz de poner. La omisión, esa culpa por lo que no se ve, ese reproche al vacío de lo que ya se fue. Nadie debería echarse en cara lo que faltaba. Y sin embargo, cuántas ausencias fueron más causa que consecuencia, cuántas relaciones se acaban por razones ajenas a la realidad.

Lo que faltaba. Siempre lo que faltaba. Sólo y únicamente lo que faltaba. No sé qué tiene lo que faltaba, que jamás puede llegar a ser compensado por lo que sí estuvo, por todo lo que sí se dio. Es así de jodido. Así de inexorable. Así de mal. Te guste o no. Y es que por muy completa que fuese tu relación, por mucho que se exprimiese el amor, siempre habrá más cosas que se quedaron fuera. Porque todo fuera será siempre más grande que cualquier dentro. Por definición. Por eso el dentro es más precioso. Por eso hubo que protegerlo lo mejor que supimos. Por eso al cabo del tiempo se nos escapó. Por eso se nos escurrió entre los dedos. Porque se diluyó lo que sí teníamos entre todo lo que faltaba y todo lo que al final nos faltó.

Lo que faltaba. Lo que ya no puedes ni deseas cambiar. Por mucho que lo intentes, ya es tarde y ahora sería hasta de mal gusto, fatal. Como ese beso en la mejilla de cualquier ex. Como esas cartas que no son ni devueltas al remitente porque el destinatario ya cambió de dirección. Como esa llamada perdida en el móvil del que ha muerto, que nadie se molesta ni en contestar. Las cosas que llegan tarde no es sólo que estén desfasadas, es que están mal. No sólo por su momento, sino por su intención. Porque es la intención la que se nos quedó caduca. Y nos recuerda lo que sentimos y ya no está vivo. Lo que fuimos y jamás volveremos a ser. Porque volveremos a ser otra cosa. Pero eso ya no.

Lo que faltaba. Verte preciosa. Verte radiante. Verte feliz. Todo lo que siempre quise para ti. Y resulta que sólo lo consigues gracias a no estar conmigo. Esa luna llena que hoy todos admiran está patrocinada por este sol que ya se va. Justamente el único selenita que sobraba en el firmamento de tu vida. Me voy atardeciendo y tornándome rojizo, enfriándome de a poco y a sabiendas de que cuanto más me ausente, mejor estarás, mejor te irá. Para que otros puedan contemplar la belleza de lo que hicimos juntos. Lo mucho que tú eres gracias a lo poco que yo fui. Y mientras, sigo vagando por la otra cara del mundo, tratando de convencerme de que volveré a encontrar otro satélite, aunque los dos sepamos que ya no hay más.

Lo que faltaba. Encima va y me dices que ahora sí que has cambiado. Que has aprendido tanto de nuestra ruptura y de nuestra relación. Que cometerás quizá otros errores, pero esos ya nunca más. Ahora que ya aprendiste, ahora va y lo va a disfrutar el siguiente. Él, ese individuo al que aún no conoces ni tú, pero que ya puede contar con toda mi envidia y frustración. Él, sin duda algo menos capullo que yo, que te encontrará al final de nuestro camino y no tendrá que pasar por lo que pasamos los dos. Él, un cualquiera que te llevará hasta vete tú a saber dónde, y si lo consigue, si es que tiene el valor y el coraje de conseguirlo, siempre habrá sido gracias al recorrido que juntos hicimos los dos.

Dale las gracias por conseguir todo aquello que yo no supe.

Y una buena patada en los huevos.

Que eso también nos faltó.

Risto Mejide

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No sé viajar sin ti

Deshice la maleta. Fue saliendo
doblada una ciudad con voz de lluvia.
De las perchas colgaron
los cielo rotos y la luz sumisa.
Ordené las preguntas
en la parte derecha del cajón
y a la izquierda dispuse un restaurante,
una mesa sin hambre y sin rumor de sábanas
para cenar cansado de estar solo.
Luego bajé a la calle.
En la esquina arrugada de una chaqueta negra
me detuve a mirar
la luna de las ropas interiores.
Dolía el pasaporte en el bolsillo
igual que los extraños y las tiendas cerradas.
Quise llamar un taxi. No levanté la mano.
Se paró junto a mí la desventura
de una ciudad vacía.
A media noche estaba a medio ser
en medio de la nada.
No sé viajar sin ti,
ni contarte las cosas por teléfono.

Luis García Montero

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